Los bombardeos aliados

Armand no podía dormir pese a la fatiga del trabajo en el campo. Presentía que algo iba a ocurrir y no dejaba de dar vueltas en la cama. Era cierto que, en una guerra, en cualquier momento podía suceder algo, pero esta vez sentía algo distinto. Estaba convencido de que pronto todo iba a cambiar de forma radical. De alguna forma presentía que la definitiva invasión aliada de Francia comenzaría en poco tiempo. Entonces lo escuchó.

Los altos de Seelow

Por Pablo Incausa

Era de noche. La artillería soviética estaba descargando una implacable tormenta de fuego y metralla sobre las posiciones enemigas. Cualquiera podría pensar que los alemanes estaban siendo totalmente pulverizados. Cerca, resguardado por una sencilla trinchera excavada a toda prisa, el capitán Antonov observaba aquel despliegue de poderío bélico mientras sostenía su pistola con mano temblorosa. Sus hombres le miraban con admiración, mientras esperaban a recibir sus instrucciones.

El saco de Roma, 1527

El Papa Clemente VII oraba de rodillas en una capilla de San Pedro. Sabía que las tropas del emperador Carlos V estaban asaltando las murallas de Roma, cuya reducida guarnición apenas tenía oportunidades de repeler el ataque. Buscaba el recogimiento espiritual para tomar fuerzas con las que enfrentarse al desastre que se avecinaba. La sala estaba en un silencio absoluto, aunque llegaban, amortiguados, gritos y ruidos del caos que parecía estar apoderándose de toda la ciudad. El Pontífice alzó la vista y se fijó en el Cristo que presidía el retablo. Mirándolo fijamente con ojos suplicantes, le dirigió a él sus plegarias.

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