El sitio de Antioquía

Llevaban frente a las imponentes murallas de Antioquía mucho más tiempo del que habían imaginado. Por alguna razón que ellos no comprendían, sus comandantes no daban la orden de asaltar la ciudad y el ejército cruzado permanecía inactivo en un desquiciante estado de espera. Pero no era el tedio el mayor problema de los soldados, sino el hambre. Un hambre feroz que arrasaba los campamentos de los sitiadores, cobrándose infinidad de víctimas y llevando a otros a situaciones tan repugnantes como la antropofagia.

El submarino alemán

Permanecía en la torreta del submarino pese a la intensa lluvia que caía. Su gorra de oficial, de la que no se separaba nunca, estaba completamente empapada. Le gustaba sentir el aire en el rostro y esos breves instantes de soledad, rodeado únicamente por el mar infinito. El frío le hacía volver a sentirse vivo, le permitía respirar. Estaba harto del ambiente sobrecargado y tóxico del interior del submarino que comandaba. Allí dentro la temperatura era muy elevada y una mezcla de olor a sudor, aceite de motor, grasa, caucho y otros elementos, hacía que la sensación fuera extremadamente desagradable. Por eso necesitaba salir de vez en cuando. Cuando estaba en la torreta, solía pedir a sus subordinados que le concedieran unos instantes sin molestarle.

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