Permanecía en la torreta del submarino pese a la intensa lluvia que caía. Su gorra de oficial, de la que no se separaba nunca, estaba completamente empapada. Le gustaba sentir el aire en el rostro y esos breves instantes de soledad, rodeado únicamente por el mar infinito. El frío le hacía volver a sentirse vivo, le permitía respirar. Estaba harto del ambiente sobrecargado y tóxico del interior del submarino que comandaba. Allí dentro la temperatura era muy elevada y una mezcla de olor a sudor, aceite de motor, grasa, caucho y otros elementos, hacía que la sensación fuera extremadamente desagradable. Por eso necesitaba salir de vez en cuando. Cuando estaba en la torreta, solía pedir a sus subordinados que le concedieran unos instantes sin molestarle.

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