El saco de Roma, 1529

El Papa Clemente VII oraba de rodillas en una capilla de San Pedro. Sabía que las tropas del emperador Carlos V estaban asaltando las murallas de Roma, cuya reducida guarnición apenas tenía oportunidades de repeler el ataque. Buscaba el recogimiento espiritual para tomar fuerzas con las que enfrentarse al desastre que se avecinaba. La sala estaba en un silencio absoluto, aunque llegaban, amortiguados, gritos y ruidos del caos que parecía estar apoderándose de toda la ciudad. El Pontífice alzó la vista y se fijó en el Cristo que presidía el retablo. Mirándolo fijamente con ojos suplicantes, le dirigió a él sus plegarias.

Se escucharon pasos rápidos cuyo sonido se amplificó en las imponentes salas del edificio. Clemente VII se volvió, temiendo malas noticias. El hombre que se acercaba era Kaspar Röist, el comandante de la Guardia Suiza. Por su expresión preocupada, el Papa supuso que la situación era mucho más complicada de lo que había imaginado. El suizo se agachó junto a él y le susurró unas palabras al oído.

- "Santidad, debéis salir de aquí ya, están dentro de la ciudad."

El Papa asintió. Se puso en pie y se dejó guiar por el oficial de su guardia. Enseguida, cerca de dos centenares de soldados se situaron a su alrededor, formando una muralla humana que le protegería hasta que alcanzara el pasadizo secreto por el que escaparía. La luz del sol le cegó cuando salieron al exterior, pero en cuanto sus ojos se acostumbraron lo que presenció le hizo sentir terror. Cientos de lansquenetes alemanes descontrolados avanzaban con furia hacia ellos. Algunos ya habían entablado combate con los guardias en las escalinatas de San Pedro.

Había columnas de humo negro que ascendían hasta el cielo desde diversos puntos de Roma. El saqueo de la ciudad había comenzado y los enfurecidos soldados imperiales no tenían intención de detenerse ante nada, en especial los de credo luterano, ansiosos de golpear con saña la sede del catolicismo.

Los suizos, formados en torno al Papa, avanzaron en dirección a la entrada secreta del Passetto di Borgo, un corredor de cerca de 800 metros de longitud que conectaba San Pedro con el castillo de Sant'Angelo, donde Clemente VII podría refugiarse de las hordas enemigas. Pero para llegar hasta allí tendrían que abrirse camino combatiendo y los alemanes no iban a desperdiciar la ocasión de capturar a una figura tan significativa.

Sin detenerse, puesto que sería su perdición, los suizos luchaban contra todos los que les cortaban el paso. Un pequeño grupo de alabarderos de la guardia se lanzó contra unos enemigos que se acercaban por la derecha. Al separarse del grupo se estaban condenando a muerte, pero sabían que su sacrificio podría permitir al resto de sus compañeros ganar algo de tiempo y alcanzar la salvación. Fueron pronto rodeados por tropas imperiales y pese a que pelearon con fiereza, en poco tiempo habían caído atravesados por el acero enemigo. Solo uno de los alabarderos, cubierto de heridas, seguía dando golpes como un animal herido que, orgulloso, no se resigna a su destino y vende cara su piel.

La muralla humana que protegía al Papa iba siendo cada vez menor, conforme los guardias suizos iban cayendo en el combate. Su ánimo no decaía, batallaban con decisión y no mostraban signos de ir a ceder en su empeño. Sin embargo, los soldados imperiales eran demasiados y su grado de agresividad había aumentado al caer abatido en los muros de Roma uno de sus comandantes más queridos, alcanzado por la bala de un arcabuz.

Clemente VII veía cómo iban acercándose al pasadizo que les llevaría a la seguridad del castillo, lejos de las manos de los asaltantes, pero esa distancia parecía inmensa en ese momento. Sus enemigos estaban demasiado cerca, cada vez más y la Guardia, pese a su sacrificio, tenía escasas posibilidades de éxito. Eran muy pocos, cuando todo comenzó apenas alcanzaban los dos centenares y habían sufrido muchas bajas desde ese instante.

Un poderoso grupo de alemanes, comprendiendo las intenciones de los suizos, les plantaron cara a escasos metros de la entrada al corredor. Röist supo entonces que ese sería el enfrentamiento decisivo y arengó a sus hombres. Todo se decidiría allí. Reuniendo todo su valor y las escasas energías que conservaban, los guardias se lanzaron contra sus enemigos repartiendo golpes de espada y alabarda. Sin dejar de rodear al Pontífice, se abrieron paso entre los grupos de temibles lansquenetes y llegaron hasta la entrada al Passetto.

Clemente VII penetró en el pasadizo y tras él algunos de los suizos, mientras sus compañeros protegían la puerta y cubrían su retirada ofreciendo sus vidas. Desde el oscuro corredor, los supervivientes todavía escuchaban el fragor de la batalla. El comandante de la guardia y muchos de sus camaradas habían quedado fuera, pero ellos no podían detenerse. Avanzaron los 800 metros lo más deprisa que pudieron y entraron en el castillo, heridos, cubiertos de sangre y casi sin respiración. Habían salvado al Papa de caer en manos del enemigo, pero el precio había sido muy alto. Apenas una cuarentena de suizos había logrado escapar de la masacre. Entre los caídos se encontraba el propio comandante.

En su acción más memorable, la Guardia Suiza se había sacrificado casi por completo para poner a salvo al Sumo Pontífice.

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